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Educación mexicana: entre el discurso del progreso y la urgencia del porvenir.- Opinión MCN

Por Marco Antonio Cortez Navarrete
La educación en México ha sido, históricamente, presentada como la brújula que orienta nuestro destino colectivo. Y aunque los discursos oficiales prometen un futuro mejor, la realidad que se vive en miles de escuelas nos recuerda que la brújula apunta, sí, pero el sendero continúa lleno de piedras.
Lo que aquí escribo se sustenta en la información difundida por quienes sostienen el sistema educativo: la SEP, la ANUIES, especialistas, rectores y organismos académicos que han estudiado durante décadas las entrañas de nuestra estructura educativa. Desde sus diagnósticos —no desde la opinión ligera— surge esta reflexión.
México ha ampliado su cobertura y ha mejorado ciertos indicadores, pero también registra desigualdades profundas entre regiones, grupos y contextos. La conectividad no llega a todos; la formación docente avanza a ritmos desiguales; la educación superior sigue marcada por la geografía y la economía. El país avanza, pero no a la velocidad que exige la era que vivimos.
La comunidad académica lo ha repetido sin cansancio: se requiere una estrategia nacional sólida para articular la educación superior con las necesidades científicas y productivas del país. No es una crítica política; es un llamado urgente basado en evidencia. México forma talento, pero no siempre logra que ese talento encuentre un espacio donde florecer.
La pandemia abrió una grieta que lo dejó todo expuesto. Las tecnologías de información no llegaron para complementar: llegaron para transformar. Y desde entonces especialistas y autoridades coinciden en que ningún sistema educativo contemporáneo puede sobrevivir sin conectividad efectiva, alfabetización digital y modelos pedagógicos que integren la tecnología como parte esencial del aprendizaje.
Sin embargo, esa transición avanza con desigualdad. En algunos planteles los laboratorios se renuevan, pero en otros, lo digital es todavía una aspiración remota. La SEP reconoce estos desafíos, los enumera en sus programas, pero la implementación —según sus propios informes— avanza con lentitud. Vamos, pero tarde.
En este escenario, las universidades públicas mexicanas siguen siendo faros de conocimiento. Han sostenido la investigación nacional, han formado generaciones de profesionistas y han construido ciencia en condiciones a veces adversas. Su valía está documentada. Pero el reconocimiento debe venir acompañado de un respaldo real: financiamiento, infraestructura, libertad académica y políticas de investigación sostenidas.
Por eso las preguntas se vuelven inevitables. ¿Marcha el sistema por el camino correcto? ¿Responde a las necesidades de la sociedad, de las empresas, de la ciencia? ¿Está la Secretaría de Educación a la altura de una era digital que avanza sin pedir permiso? ¿Están nuestras universidades recibiendo el apoyo necesario para enfrentar un mundo competitivo y acelerado?
La respuesta honesta es incómoda: el sistema avanza, pero no lo suficiente. Mejora, pero no al ritmo que demanda el futuro. Reconoce los retos, pero a veces no se decide a enfrentarlos con la contundencia que merece una nación como la nuestra.
En tiempos donde todo cambia —la tecnología, el clima, el trabajo, la cultura— la educación debería ser el pilar firme que sostenga a México. Lo dicen los expertos, lo confirman los informes y lo exige la realidad. Porque, al final, solo la verdad —aunque duela— tiene la fuerza para liberarnos y empujar al país hacia un porvenir más justo y luminoso.
Muchas gracias.

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