En Progreso, la joya portuaria de Yucatán, los discursos rimbombantes no logran ocultar la realidad que día a día enfrentan sus habitantes. El alcalde Erik Rihani González, tras cumplir su primer informe de gestión, deja más dudas que certezas sobre su capacidad para conducir los destinos del municipio.
El ejemplo más claro está en la comisaría de Paraíso, donde las huellas del abandono se notan a simple vista: calles convertidas en un catálogo de baches, servicios públicos deficientes y una creciente inseguridad que preocupa a los vecinos. La postal es desoladora: calles intransitables y una pésima imagen urbana que refleja la falta de planeación y compromiso.
Lejos de atender las necesidades de la gente que lo llevó al poder, el edil panista parece más ocupado en posar en cuanto evento social se le atraviesa, que en resolver los problemas de las comisarías. Los pocos ciudadanos que en su momento confiaron en él, hoy se sienten decepcionados ante un alcalde que prometió mucho y ha cumplido poco.
En la calle ya se escucha un rumor que prende alertas: que Rihani estaría buscando acercarse al partido en el poder, quizá en un intento por blindarse frente a las críticas y el descontento ciudadano. Una jugada que confirmaría lo que muchos sospechan: que la ideología no importa cuando lo que se busca es sobrevivir políticamente.
La realidad es clara: a Erik “le quedó grande el paquete”. Gobernar un puerto con la importancia de Progreso requiere más que sonrisas en las fotos y discursos vacíos. Requiere gestión, sensibilidad social y, sobre todo, resultados.
Como bien dice el refrán: “El ofrecer no empobrece, el dar es el que aniquila”. Y hasta ahora, lo único que ha dado Rihani son razones para la desilusión.
*Se tenía que decir, y lo dijimos”

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